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Hay días en los que hay mucha gente alrededor, en los que mi hermana pequeña grita, en los que mis padres me exigen tareas, en los que mis profesores me llaman la atención. Hay días en los que el ruido es insoportable, en los que las conversaciones se cruzan, en los que el alboroto aumenta al ritmo de las horas... pero hay días de estos en los que yo no oigo nada, no veo a nadie, hay días que aunque envuelto de ruidosas palabras, rodeado de multitud de personas, yo me siento solo, es más, estoy solo. Sólo me acompaña mi propia sombra, que es la que va detrás de mi cuando sale el sol, que es la que se refleja en el agua cuando me asomo a ella. Esta soledad es la que me motiva en los buenos momentos y la que me hunde en los malos. La soledad que me inunda es la dueña de mis actos.

- ¡María! ¡Dame el paraguas! ¡Que llueve!- le dice Manolo a su mujer.
- ¡Que no! ¡Qué no llueve! ¿Que no ves que hace sol?- le contesta María. Manolo, indignado, y sin ver ningún paraguas a su alcance, sale de casa, se mete en el ascensor, baja las escaleras del portal, abre la puerta, sale a la calle, anda unos pasos, gira a la derecha, cruza la carretera cuando... ¡chasssssssss! Pisa un charco, resbala, se cae, se moja entero y seguidamente empieza a llover.
Manolo llega a casa, más indignado todavía y le grita a su mujer:
-¡María, María! ¡Ves cómo necesitaba el paraguas, que me caído en un charco y ha empezado a llover y me he puesto perdido!- y María le contesta:
- ¡Pero, Manolo! ¡Si te has caído al charco antes de que empezara a llover, de poco te servía el paraguas! ¡Ayyy…!

Cada día igual: “Lávate los dientes”, “ponte las gomas”, “no te los toques”, “ten cuidado con lo que comes”… Así día tras día, semana tras semana, mes tras mes… y van pasando los años con ellos en mi boca. En un principio solo año y medio, después la cosa se alarga, bueno, no pasa nada, un año y medio más. Cuando pasan tres años te dicen, tranquilamente que aún quedan tres años más. Hasta que llega el momento final, tan ansiado y deseado (si es que llega algún día). Pero nadie me pregunta si no los voy a echar de menos… ¡que forman parte de mi! De mis primeras experiencias con la vida…, muchas fotos los retratan, y dejan marca de ello. Pero hasta que no llegue el día..., y como dice el refrán: si no lo veo, no lo creo.