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Quedaban apenas unos tres segundos para que todo acabara. En pocos instantes serían libres por mucho tiempo. Seguían ansiosos el paso de las agujas de reloj. Por muy poco que quedara se les hacía eterno.
Estaban nerviosos, pues sabían que a partir de unos instantes tendrían toda la libertad que hacia meses pedían. Deseaban pasarse mañanas enteras durmiendo y tardes en la playa.
Al fin sucedió. El timbre sonó más fuerte de lo habitual, pero eso daba igual. Empezaron a correr y saltar hasta el patio, donde ansiosos lanzaron los apuntes de todo un año.
Circularon por la puerta principal a gran velocidad. Unos iban con cara de decepción al saber que tendrían que seguir estudiando durante el verano, por haber suspendido. Pero los otros salían con una sonrisa de oreja a oreja y deseando llegar a casa para enseñar las notas y tomarse el verano entero para divertirse.


Llevaba días pensado, estaba harta, harta de todo. No soportaba que él fuera diciéndole lo que le daba la gana. Tenia miedo a perderle, a no poder estar nunca más junto a él. Pero se cansó de todo, porque al fin y al cabo si él le quisiera no le hubiera tratado de esa manera. Así que le llamó para que viniera a su casa. El chico empezó a comportarse como siempre vacilándola y diciéndole todo lo que se le ocurría. Pero esta vez ella reaccionó y le dijo:
- ¡Cállate la boca! ¡Muérdete la lengua y trágate tus palabras porque no pienso escucharte! Se acabó lo de ir por ahí diciéndome lo que te da la gana, ¡¿me oyes?!- respiró profundamente. -Creo que he hablado lo suficientemente claro- dijo, tranquilizándose. -Y ahora, vete y no vuelvas más.
Él se fue, casi sin mirarla. Ella, destrozada, sentada encima de la cama, se mordió el nudillo de una de las manos. Y, apretando con los dientes para intentar ser fuerte, no aguantó tal presión, y una lágrima le resbaló por la mejilla.

Cogió el balón y miró el marcador. Quedaba suficiente tiempo para un ataque. Iban empatados, necesitaban ganar, pero algo faltaba. Escuchó de fondo los gritos de la afición, ellos tenían la esperanza de que pasaran a la final, pero todo se decidiría en una última jugada.
Así que arrancó a correr al contraataque dando instrucciones a sus propios compañeros. Nadie entendía nada, era extraño, pero él estaba seguro de lo que hacía al fin y al cabo era por todos aquellos que esperaban tanto esa victoria. No quería decepcionarlos, pues les habían seguido y animado hasta allí. Solo debían creer que podían, quedaban unos 30 segundos de partido. Pidió el balón, dio tres pasos y lanzó. Sintió cómo alguien le estiraba de la camiseta e impedía que el balón entrara al fondo de la portería. Eran siete metros, la gente se levantó de sus asientos gritando su nombre. Se colocó en la línea de penalti fijamente al portero antes de lanzar. Sonó el silbido que daba paso a su lanzamiento, la pelota hizo un efecto súper raro antes de entrar al fondo de la portería. Pero eso ya no importaba porque justo entrar la pelota sonó el pitido que daba final al partido. Todo había salido bien y mañana estarían defendiendo sus colores en la final.

Miró a su alrededor. Se detuvo y se lavó las manos. Paró a pensar en lo que había hecho, se sentía raro, pero no se arrepentía. Al fin y acabo se lo merecía. Dejó la toalla en la parte izquierda del toallero, la parte derecha era de su mujer.
Fue hacia su habitación y se puso una camisa de puño francés, solo se la ponía en ocasiones especiales. Y esta era una de ellas.
Salió corriendo por el pasillo, pero tropezó con el mueble de madera que su mujer le había regalado hacía unos tres años. Ese mueble tenía como pequeños mundos aparte, en un cajón podía haber desde la dichosa cuchilla, con la que siempre se cortaba, hasta una cucaracha.
Dejó atrás el mueble y se puso a pensar en lo que tenía que hacer, así que salió de casa y bajó los escalones corriendo.
¿Diecisiete? Creía que eran dieciocho, pero eso no importaba. Ahora ya nada importaba, iba a cruzar la acera e iba a presentarse a la policía. Había dejado a su mujer apuñalada en el salón.