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Ya van dos, dos tilas, y estos que no paran, lo intentas, pero no lo consigues, te repites a ti mismo mil y una veces que va a salir todo bien, que no harás el ridículo, que nadie se va a reír de ti. Intentas asegurarte de que alguna persona se sentirá orgulloso de tu gran trabajo, un amigo, un padre, el vecino…, pero ellos, los malditos, los que te hacen sentir ganas de ir al baño, y los que nunca te ayudan en nada, sí, ellos, los que la gente suele llamar los nervios.
Ya has acabado, por fin, pero te acuerdas de que no los vuelves a aliviar hasta que vuelves a terminar y para eso tienes que empezar.

Ves un día cambiar el color de las hojas, ya no ves los pájaros de cada mañana ni oyes sus cantos que, en ocasiones, solían calmar tus ansias, pero, en cambio, sientes y observas las hojas que caen de las copas de los árboles, el aire es frío, tiene un olor especial, te das cuenta de que algo pasa y… tú ahí, sentado en el fin del mundo, dejando que el tiempo te dé una respuesta, y al fin te la da. Ya es otoño.

Dos astronautas en una nave que despega de la tierra y aterriza en un instante sobre el nuevo paneta, la indiferencia les hace creer que son los primeros.
En realidad eran los que llegaban tarde a la fiesta, todos se habían ido, y solo quedaban unas rocas y lo que ellos llaman agua congelada. La vida está en todas partes, solo la encuentras si no llegas tarde.