
Como cada día, me levanto a las siete horas cuarenta y dos minutos y treinta y dos segundos. A mi cuerpo le tengo puesta la etiqueta de cuerpo reloj. Una máquina capaz de responder a los estímulos diarios en la exactitud del día anterior.
Hago mi cama, me voy a la ducha, me visto, desayuno, me preocupo de mi higiene personal y parto desde mi hogar hacia el trabajo con mi nuevo medio de transporte. El alba lo aprecié más intenso que el día anterior y brisa más suave. Sin darle más importancia continué con mi camino.
Mientras pasaba con mi medio de transporte no reparé en el viejo señor Tomás con su revista de caza y pesca. Solía decirme: Caminante no hay camino, se hace camino al andar...Tampoco en el Ferrari Testarrossa rojo con la matricula dgt 0164.
Llegué a mi trabajo cuando las puertas estaban cerradas y no había nadie en la puerta. Al llegar vislumbré una cosa inédita que nunca había visto al llegar el periódico, ya que el conserje lo recogía cada mañana antes de que llegáramos y con tan solo ver la portada me di cuenta de que mi cuerpo era un reloj, al cual se le ha de dar cuerda, al que le debemos cambiar la hora al menos dos veces cada año...